
Oíamos ya las campanas, como todos los carillones de Barbante, de ébano, de arce, de encina, de caoba, de serbal y de chopo, de la isla Sonante, cuando me reconocí entre dos muros negros, bajo una bóveda y después en medio del deslumbramiento de una vidriera continua. El doctor, sin dignarse prevenirme, con las cuerdas de seda de su timón había disparado el as en medio del gran portal de la iglesia catedral de Muflefiguierière. Por las losas de la nave, de la cual la nuestra resultó simétrica, mis remos rechinaron como la tos, prefacio de atención, de las patas de silla que se mueven.
El preste Juan subía al púlpito.
La terrorífica forma guerrera y sacerdotal fulguró por encima de la asamblea. Mallas de loriga, alternadas con rubíes balajes y diamantes negros, tejían su casulla. A guisa de cuentas de rosario se bamboleaban en su cadera derecha una guiterna de madera de olivo y en la izquierda su gran espada de mandoble emplamada con una medialuna de oro por guardamano, en su vaina de piel de cerasta.
Su sermón fue retórico y muy latino, ático y asiático al mismo tiempo; pero yo no comprendía por qué era estrepitoso desde los escarpes hasta los guanteletes, ni los períodos ordenados como los episodios de una disputa dialéctica.
De repente, de un falconete que estaba amarrado a una losa de más abajo con cuatro cadenas de hierro, salió una bala de bronce, cuya carga hundió la sien derecha del orador partiendo el almete hasta la tonsura, desnudando el nervio óptico y el cerebro en su lóbulo derecho, sin conmover la fortaleza del entendimiento.
Simultánea al humo del falconete, una vaharada acre salió de las gargantas de la gente y, al condenarse, tomó la forma de un monstruo espeso al pie del púlpito.
Ese día vi al Mufle*. Es honorable y bien proporcionado, en todo punto semenjante al cangrejo ermitaño o paguro, como Dios es infinitamente semejante al hombre. Tiene cuernos que le sirven de nariz y de papilas linguales, en forma de largos dedos que le salieran del ojo; dos pinzas desiguales y diez patas en total; y, como el paguro, al no ser vulnerable más que por el culo, lo refugia, así como su sexo elemental, en una concha robada.
El presente sacó su gran espada y quiso acometer al Mufle, ante el notable nerviosismo de los asistentes. Faustroll se quedó impasible y Bosse-de-Nage, sobremanera interesado, se olvidó al punto de pensar visiblemente ¡Ha ha!.
*Mufle, es un término familiar de ligero insulto con múltiples sentidos, que van de patán y grosero a canalla.
Alfred Jarry.