
Hoy te entrego mi vida, mujer desconocida.
Tómala. Tú sabrás lo que has de hacer con ella.
Duerme en tu corazón mi esperanza perdida,
así como se duerme en el agua una estrella.
Dame la luminosa piedad de tu regazo.
Si alguna vez, en sueños, mi voz desconsolada
pronuncia un raro nombre de mujer, no me hagas caso.
Si me sientes llorar, no me preguntes nada.
Sé buena para mí. Háblame suavemente
y no me digas nunca que me quieres. Tu mano
viaje con suavidad de luna por mi frente.
Estoy enfermo de algo doloroso y lejano.
Quiere mi corazón que seas el recodo
azul que oculta cuanto se anduvo del camino.
Queden atrás mis penas, mis inquietudes, todo.
Que tu piedad me embriague con su cálido vino.
Sean tiernos tus labios al temblar en mi frente.
Sean claros tus cantos al sonar en mi oído.
Y verás que en tu seno me quedo suavemente,
sencillamente, como un pequeño dormido...
OSCAR CASTRO
(CHILENO)


3 comentarios:
Que buen poema.
:)
Besos.
que bellas palabras...
Torosalvaje: me alegro que te haya gustado.
Besos.
Digler: Así es, gracias por tu visita.
Un abrazo.
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